
¿Y (d) Dios?
Una reflexión breve sobre la tolerancia
Filósofo de la Cultura
Salvador MURILLO LARA
sal.amur@hotmail.com
salvadormurillolara@gmail.com
http://www.filosofiacultural.blogspot.com/
“¿Y… (d)Dios?” Éste es un tema que me resulta difícil hablar de él en un “mundo” en donde las libertades de pensamiento, de conciencia y de expresión han estado coartadas por los partidarios de los sistemas autoritarios y por los grupos sociales e individuos que buscan imponer sus creencias, aún a costa de todas las libertades humanas.
Al preguntarme “¿Y… (d)Dios?” contéstome con otras preguntas: ¿Cuál (d)Dios?, ¿Qué (d)Dios?... Y es que en un “ambiente” religioso judeo-cristiano, -que es el que predomina en nuestras naciones latinoamericanas-, los jerarcas y los creyentes en los sistemas socio-religiosos, -como es, por ejemplo, el del catolicismo-. piensan, de inmediato, acerca de su (d)Dios cristiano. Y si me hiciera la misma pregunta en un ambiente, en el que predomina la religión musulmana, resulta, entonces, lógico pensar, que los jerarcas y los creyentes de ese sistema socio-religioso, reflexionen, entonces, en “su” (d)Dios Alá.
Y es que la palabra Dios, -escrita su primera grafía con mayúscula-, denota ya un autoritarismo; un poder que domina y somete a los otros, un absolutismo incuestionable: se habla ya de “Dios”, no ya de ningún otro dios; se habla del Dios único, absoluto, del que no se debe cuestionar ni dudar…
Y es que un sistema religioso basado en el monoteísmo, -como es el judaísmo, el cristianismo y la religión musulmana-, por citar a los más relevantes, no puede tolerar, en su generalidad, la coexistencia social y pacífica, de otros grupos sociales o individuos, que creen en otro tipo de (d)Dios… ¡o que no creen en ninguno!
Esta reflexión, que hago en esta ocasión, no tiene la finalidad de cuestionar la existencia o no de (d)Dios, pues, como lo he mencionado desde inicio, debemos pensar, primeramente, a qué (d)Dios nos estamos refiriendo, pues aún cuando las tres concepciones religiosas mencionadas, -judaísmo, cristianismo y religión musulmana-, son semejantes, porque creen en “un” sólo (d)Dios; las tres, son, sin embargo, diferentes; ya que sus concepciones sobre (d)Dios no son iguales; ese (d)Dios “uno”, “único” en el que creen, parece ser que es “un” solo (d)Dios, pero sólo para su concepción religiosa.
¿Y qué… con los que no creemos en ningún (d)Dios? Nosotros, los “no- creyentes religiosos” ; acaso, ¿podremos ser aceptados, “tolerados”, en un mundo en el que parece ser no permite la duda o cuestionamiento de los “fuertes principios” en los que se “edifica”, en el que la intolerancia, el autoritarismo y la represión a la libertades de pensamiento, de expresión, de conciencia y de credo religioso y/o político son los que predominan? ¿O acaso, nuestro pensamiento tendrá que continuar siendo “marginal”, “orillado” y “discriminado”, por los que se creen y se sienten “amos” y dueños de las conciencias humanas?
Y es que si a “Dios” nos estamos refiriendo este concepto resulta ser una idea muy vaga, confusa, imprecisa, difícil de dilucidar; ya que depende, en gran medida, del sistema socio-religioso al que pertenece: Dios no es, por tanto, un concepto autónomo, independiente, neutral, de los sujetos que comparten y creen en esa idea.
Y, es que los no-creyentes de ningún sistema socio-religioso, somos, posiblemente, una minoría social y humana, ante los que “sí son creyentes”; sin embargo, quiero recordarles a todos ellos, -a los “creyentes”- que nosotros, somos también seres humanos, dotados de libertad, de razón y de dignidad humanas…
Los “no creyentes de los sistemas religiosos” tenemos el derecho y la libertad de “no creer”, de disentir, de mantener nuestro propio pensamiento, libertad y dignidad humanas, de una manera autónoma; tenemos el derecho y la libertad de no creer en lo que creen los otros; pero, tenemos también, el derecho, -como lo tienen todos los demás-, de “creer” en lo que nosotros creemos.
Ciertamente, Los “no creyentes”, no creemos, ciertamente, en ningún “Dios” de los sistemas religiosos, y, posiblemente, tampoco en ningún dios; pero, esto no significa que no creamos en algo. Nosotros, los “no-creyentes” de los sistemas religiosos, somos también seres humanos, y, por tanto, creemos, y tenemos la necesidad de creer en algo, para poder existir, como tales: las creencias en los “dioses”, en “Dios”, nos separan; pero, la creencia en la vida, en la libertad, en la fraternidad humana, en la justicia social, y en la dignidad humanas nos une con todos los demás seres humanos.
El no creer en Dios o en ningún dios, no significa, como lo afirman nuestros detractores, que no creamos en algo; que seamos “in-creyentes” en todo, que no tengamos nuestro propio “credo”; somos seres humanos, -igual que los “creyentes religiosos”, y, por tanto, tenemos la necesidad de creer en algo, para poder vivir en este “mundo” de creencias…
La “tolerancia” debe-ser, en nuestras sociedades modernas-contemporáneas, un valor central, rector, en el que nos debemos “sostener”: “tolerancia” significa “tolerar”, “aceptar” al “otro” en su diversidad y diferencia. Esto significa, que desde el momento en que yo acepto al “otro” en su total “diferencia”, en su propia “identidad diferencial”, a pesar de que él es “diferente”, y, que no es “igual” a mí, es, que en esta aceptación de la diferencia de los demás yo me acepto a mí mismo, al “reconocer” en los demás, la “diferencia” que también me es propia y que me separa de los demás: la “diferencia” me separa de los demás, pero a la vez, ya que todos somos “iguales”, en tanto que somos “diferentes”: somos también “iguales” en, tanto diferentes que somos: somos “iguales” porque todos somos diferentes: la “igualdad” está en nuestra diferencia…
La tolerancia, debe ser hoy, el valor central en el que nuestras sociedades contemporáneas deben hoy regirse, ya que “todos somos iguales en nuestra diferencia”: el derecho a la diferencia, debe ser, hoy respetado de una manera absoluta, como una garantía total de todas las libertades humanas. El derecho a “creer” o a “no creer” debe ser erigido en la norma fundamental de nuestra sociedad: ¡ya no más absolutismos ni autoritarismos!: cada quien debe ser el juez de su propia conciencia y de su propia libertad humanas: ¡una sociedad, una cultura, una civilización y unos nuevos individuos humanos, -más allá de todos los dioses- están a punto de nacer!
Tolerar significa aceptar, no sólo al que “cree” en lo que yo creo, sino ante todo en aceptar, en tolerar, a aquél en que no cree en lo que yo no creo, sino que cree en lo que él cree. La tolerancia es el principio del derecho a la diferencia; porque, aunque todos somos iguales, en tantos seres humanos que somos, en lo esencial, en lo fundamental, todos somos diferentes, y esa diferencia fundamental, esencial debe ser aceptada y respetada.
Tolerar significa aceptar, “tolerar” a los que creen en lo que yo no creo así como aceptar y tolerar a aquéllos que no creen en lo que yo creo.
Al preguntarme “¿Y… (d)Dios?” contéstome con otras preguntas: ¿Cuál (d)Dios?, ¿Qué (d)Dios?... Y es que en un “ambiente” religioso judeo-cristiano, -que es el que predomina en nuestras naciones latinoamericanas-, los jerarcas y los creyentes en los sistemas socio-religiosos, -como es, por ejemplo, el del catolicismo-. piensan, de inmediato, acerca de su (d)Dios cristiano. Y si me hiciera la misma pregunta en un ambiente, en el que predomina la religión musulmana, resulta, entonces, lógico pensar, que los jerarcas y los creyentes de ese sistema socio-religioso, reflexionen, entonces, en “su” (d)Dios Alá.
Y es que la palabra Dios, -escrita su primera grafía con mayúscula-, denota ya un autoritarismo; un poder que domina y somete a los otros, un absolutismo incuestionable: se habla ya de “Dios”, no ya de ningún otro dios; se habla del Dios único, absoluto, del que no se debe cuestionar ni dudar…
Y es que un sistema religioso basado en el monoteísmo, -como es el judaísmo, el cristianismo y la religión musulmana-, por citar a los más relevantes, no puede tolerar, en su generalidad, la coexistencia social y pacífica, de otros grupos sociales o individuos, que creen en otro tipo de (d)Dios… ¡o que no creen en ninguno!
Esta reflexión, que hago en esta ocasión, no tiene la finalidad de cuestionar la existencia o no de (d)Dios, pues, como lo he mencionado desde inicio, debemos pensar, primeramente, a qué (d)Dios nos estamos refiriendo, pues aún cuando las tres concepciones religiosas mencionadas, -judaísmo, cristianismo y religión musulmana-, son semejantes, porque creen en “un” sólo (d)Dios; las tres, son, sin embargo, diferentes; ya que sus concepciones sobre (d)Dios no son iguales; ese (d)Dios “uno”, “único” en el que creen, parece ser que es “un” solo (d)Dios, pero sólo para su concepción religiosa.
¿Y qué… con los que no creemos en ningún (d)Dios? Nosotros, los “no- creyentes religiosos” ; acaso, ¿podremos ser aceptados, “tolerados”, en un mundo en el que parece ser no permite la duda o cuestionamiento de los “fuertes principios” en los que se “edifica”, en el que la intolerancia, el autoritarismo y la represión a la libertades de pensamiento, de expresión, de conciencia y de credo religioso y/o político son los que predominan? ¿O acaso, nuestro pensamiento tendrá que continuar siendo “marginal”, “orillado” y “discriminado”, por los que se creen y se sienten “amos” y dueños de las conciencias humanas?
Y es que si a “Dios” nos estamos refiriendo este concepto resulta ser una idea muy vaga, confusa, imprecisa, difícil de dilucidar; ya que depende, en gran medida, del sistema socio-religioso al que pertenece: Dios no es, por tanto, un concepto autónomo, independiente, neutral, de los sujetos que comparten y creen en esa idea.
Y, es que los no-creyentes de ningún sistema socio-religioso, somos, posiblemente, una minoría social y humana, ante los que “sí son creyentes”; sin embargo, quiero recordarles a todos ellos, -a los “creyentes”- que nosotros, somos también seres humanos, dotados de libertad, de razón y de dignidad humanas…
Los “no creyentes de los sistemas religiosos” tenemos el derecho y la libertad de “no creer”, de disentir, de mantener nuestro propio pensamiento, libertad y dignidad humanas, de una manera autónoma; tenemos el derecho y la libertad de no creer en lo que creen los otros; pero, tenemos también, el derecho, -como lo tienen todos los demás-, de “creer” en lo que nosotros creemos.
Ciertamente, Los “no creyentes”, no creemos, ciertamente, en ningún “Dios” de los sistemas religiosos, y, posiblemente, tampoco en ningún dios; pero, esto no significa que no creamos en algo. Nosotros, los “no-creyentes” de los sistemas religiosos, somos también seres humanos, y, por tanto, creemos, y tenemos la necesidad de creer en algo, para poder existir, como tales: las creencias en los “dioses”, en “Dios”, nos separan; pero, la creencia en la vida, en la libertad, en la fraternidad humana, en la justicia social, y en la dignidad humanas nos une con todos los demás seres humanos.
El no creer en Dios o en ningún dios, no significa, como lo afirman nuestros detractores, que no creamos en algo; que seamos “in-creyentes” en todo, que no tengamos nuestro propio “credo”; somos seres humanos, -igual que los “creyentes religiosos”, y, por tanto, tenemos la necesidad de creer en algo, para poder vivir en este “mundo” de creencias…
La “tolerancia” debe-ser, en nuestras sociedades modernas-contemporáneas, un valor central, rector, en el que nos debemos “sostener”: “tolerancia” significa “tolerar”, “aceptar” al “otro” en su diversidad y diferencia. Esto significa, que desde el momento en que yo acepto al “otro” en su total “diferencia”, en su propia “identidad diferencial”, a pesar de que él es “diferente”, y, que no es “igual” a mí, es, que en esta aceptación de la diferencia de los demás yo me acepto a mí mismo, al “reconocer” en los demás, la “diferencia” que también me es propia y que me separa de los demás: la “diferencia” me separa de los demás, pero a la vez, ya que todos somos “iguales”, en tanto que somos “diferentes”: somos también “iguales” en, tanto diferentes que somos: somos “iguales” porque todos somos diferentes: la “igualdad” está en nuestra diferencia…
La tolerancia, debe ser hoy, el valor central en el que nuestras sociedades contemporáneas deben hoy regirse, ya que “todos somos iguales en nuestra diferencia”: el derecho a la diferencia, debe ser, hoy respetado de una manera absoluta, como una garantía total de todas las libertades humanas. El derecho a “creer” o a “no creer” debe ser erigido en la norma fundamental de nuestra sociedad: ¡ya no más absolutismos ni autoritarismos!: cada quien debe ser el juez de su propia conciencia y de su propia libertad humanas: ¡una sociedad, una cultura, una civilización y unos nuevos individuos humanos, -más allá de todos los dioses- están a punto de nacer!
Tolerar significa aceptar, no sólo al que “cree” en lo que yo creo, sino ante todo en aceptar, en tolerar, a aquél en que no cree en lo que yo no creo, sino que cree en lo que él cree. La tolerancia es el principio del derecho a la diferencia; porque, aunque todos somos iguales, en tantos seres humanos que somos, en lo esencial, en lo fundamental, todos somos diferentes, y esa diferencia fundamental, esencial debe ser aceptada y respetada.
Tolerar significa aceptar, “tolerar” a los que creen en lo que yo no creo así como aceptar y tolerar a aquéllos que no creen en lo que yo creo.